Diez años después
Cuando fui una pequeña adolescente con crisis existenciales típicas de la edad, escribí una carta. Fue, inconscientemente, uno de mis primeros escritos, porque de alguna forma necesitaba sacar tanto cariño de mi cuerpo, un cariño inmenso no correspondido.
Fernanda, mi psicóloga de ese momento, me había recomendado empezar a soltar todo lo que sentía escribiendo (porque no comunicaba absolutamente nada). Pequeño detalle que seguro no esperaba era que, al encontrar esa forma de expresar todo lo que cargaba en ese cuaderno azul a lunares forrado de amarillo, iba a salvar mi vida.
Diez años después, decidí que era momento de que
vea la luz de nuevo. Por mucho tiempo estuvo en mi blog, pero lo había guardado
en borradores porque lo sentía tan privado que me daba vergüenza que estuviera
ahí, pero no puedo negar que recordar a esa pequeña Danya ilusionada y llena de
amor adolescente, me da ternura.
Así que decidí volver a escribirlo, pero
como la mujer de 23 años que me convertí. Quizás él encuentre este blog, y se
dé cuenta que esto es para él. Que fue mi primer amor.
“Si me preguntas, no se como empezar a expresarte
todo lo que significaste para mí, como demostrarte mis sentimientos de alguna
forma. Una vez más.
Apareciste en mi vida como el primer rayito del
amanecer en la noche más oscura de la primavera. Me sentía con el alma pesada,
no veía ni una galaxia en el cielo, solo había una niebla tan pero tan densa
que no me dejaba ver el mañana. Solo me podía concentrar en esa eterna noche.
Llegaste con una alegría cálida, una compañía tan
acogedora. Escondías tus propios dolores, tus propias noches frías, con la
única intención de hacerme creer una vez más en los colores de las flores y en
que realmente existe una vida feliz.
Luchaste con mis nubes, con mis peores miedos. Una
decisión valiente si me preguntas, nadie había demostrado tanto entusiasmo por
ayudarme a sanar algo que nadie rompió, solo yo era la culpable. Eras el único
que no perdió la fe en mí, en que podía salir de esa niebla.
Gracias a vos, pude vislumbrar ese amanecer a
través de mi vista nublada por el dolor. Me enseñaste que no todo era tan
oscuro como yo te lo expresaba en las madrugadas donde hacías compañía a mis
lágrimas.
Después de mucho tiempo, volví a ver colores en mi
vida. Me decías que me querías y que estabas orgulloso de mi. Me contabas sobre
tu vida, tus aciertos y errores, y yo te apoyaba para que seas mejor, mucho
mejor que yo. A pesar de la distancia, te di mi versión más cruda para que
puedas confiar en mí también.
Sentía la necesidad de devolverte, aunque sea un
poco, de la felicidad que día a día me ayudabas a recuperar. Y en esos
intentos, por primera vez, sentí esas famosas mariposas que tanto habla
Hollywood y los libros de romance cliché.
Me decías ‘peque’, un apodo tan dulce y tan tuyo
que jamás lo voy a olvidar.
Era tan nuevo todo lo que sentía que no sabía como
reaccionar, que decir, como actuar. Quizás fue por eso que dejamos de hablar.
En cierto punto me culpo por perder la cuenta de
los días en los que no encontraba tu ‘hola peque’ en mis notificaciones, me
culpo por haberte olvidado.
Reuní el valor necesario, como un soldado a punto
de entrar a un campo de batalla y te hablé.
Abrí mi corazón en ese mensaje como nunca lo había
hecho antes. Sabía que estaba poniendo en juego mucho más de lo que tenía,
porque no sabía si estabas dispuesto a recibir esa cantidad de cariño expuesto
en unas palabras torpes con algunas faltas de ortografía de los nervios.
Era un sentimiento tan puro y real el que te estaba
demostrando, no supe manejarlo, pensé que era mejor dejarlo salir,
demostrártelo. Estaba segura de que la única forma de devolverte una parte de
lo tanto que me habías dado era demostrándote el amor ingenuo pero sincero que
te tenía.
Creo que fue demasiado para vos.
No sentías lo mismo que yo, no me veías con los
mismos ojos con los que yo miraba tu foto todos los días. Después de esa
charla, no hablamos por días.
Recuerdo de una vez que te mentí, te conté que
había un chico en mi escuela que me llamaba la atención y que creía que le
gustaba. La verdad era que yo sólo quería llamar tu atención una vez más,
porque solo tu atención era la que me importaba.
Solo quería que me quisieras con la misma
intensidad, que un día despertaras y te dieras cuenta que siempre fui yo.
La primavera se lleno de nieblas de nuevo, el
rincón del baño me escuchó suplicar tu cariño, suspirar tu nombre, y me
acompañó en alguno que otro llanto.
Decidí alejarme, esta vez era de verdad. Pensaba
que si dejaba de hablarte, dejar de ver tu foto, mi cabeza se iba a poder
concentrar en otra cosa, o en otra persona. Si seguía pensándote no iba a
llegar a ningún lugar, porque la única cosa real de toda esta historia, era que
no me amabas.
Pasaron días, semanas, hasta meses. Me pregunte por
mucho tiempo si en algún momento nos pensaste, no en mí. Si nos pensaste
juntos, si alguna vez esa tonta idea cruzo por tu mente como en la mía. Nunca
lo sabré.
Después de mucho tiempo, una tarde volvimos a
hablar. Me contaste que estabas mal, pero que verme a mi tan feliz, tan fuerte
y sana te dejaba tranquilo. Me dijiste que estabas orgulloso de mí, y eso me
hizo feliz. Nos pusimos un poco al día, nos prometimos hablar si algo no andaba
bien, pero nunca fue así. Vos seguiste tu vida, y yo con la mía, y eso estaba
bien.
Hoy, mucho tiempo después de esa conversación,
apareció una foto en mi inicio. Eras vos con una chica, se habían comprometido.
Ya no siento por vos lo que sentía en ese tiempo,
pero tampoco voy a mentirte diciéndote que te olvidé, porque claramente nunca
va a ser verdad. No voy a olvidarte jamás.
Por eso, aprovecho esta oportunidad para decirte
que te suelto.
Suelto tu recuerdo porque puedo vivir tranquila
sabiendo que hay alguien que te hace feliz. Estoy tranquila porque vi la
sonrisa más sincera que alguna vez vi en tu cara, porque era lo único que le
pedía a esta vida, que el dolor se vaya de tu vida.
Solo me queda agradecerte por todo lo que me
enseñaste.
Me enseñaste a volver a confiar en mí, en la vida.
Me enseñaste a tener fuerza y esperanza una vez más.
Me enseñaste de la forma más cruda que a veces, uno
no siempre tiene lo que quiere.
Gracias por darme razones para seguir existiendo en
este plano, gracias por enseñarme a amar tan genuinamente por primera vez. Gracias
por coincidir conmigo.
Gracias por ser mi primer gran amor. Que seas
feliz.”
Comentarios
Publicar un comentario