Mar

    En 2013 fue la primera vez que te conocí con mi familia. Sentí como tu sosegada fuerza se impregnaba en mí, como tu rugido ayudaba a mi pesado corazón sentir serenidad después de un año con tantas turbulencias.

El viento en mi cara adornaba perfectamente el momento mientras nos mirábamos, mientras te miraba con completa adoración. Tu unión con el cielo en el horizonte me enloquecía, no entendía la perfección de dos masas infinitas se unían en un punto lejano pero destinado a ser exacto. La locura de transformarse en un solo cielo.

Desde ese verano mis ganas de volverte a ver, de volver a admirarte en un amanecer o atardecer no cesa. Tu dualidad me obsesiona. Un día estas cerca de mis pies, como si tuvieras la necesidad de respirarme, como si supieras que tu serenidad es la mía. Tu murmuro con las piedras cercanas, tu frío cerca de mi calor. Vas y venís, pero siempre cerca. Calmo, pero seguro.

A las horas cambiaste, ¿habrá sido la luna llena? Escuché el rumor que te transforma.

Ya no veo las rocas, ya no veo la mitad de la arena en la que antes estaba acostada admirándote. Enloqueces y te llevas por delante todo, te convertís en algo que nunca vi antes, totalmente despiadado y bravío. Es como si necesitaras descargar todo ese misterio oscuro que ocultas en lo mas profundo de tu ser, necesitas que salga la oscuridad a la superficie.

Por alguna extraña razón no te tengo miedo, es más, creo que te comprendo. La necesidad de dejar de lado lo correcto por un momento para dejar salir lo prohibido, lo tortuoso que ocultamos durante el día. Que el murmuro se vuelva gritos, que la serenidad se saque la mascara y el dolor vea la luz de la luna.

Es la dicotomía que te caracteriza, la que me confirma tu simpleza.

Hace tiempo que no nos vemos cara a cara, tal vez por falta de tiempo o quizás por falta de valentía por verte de nuevo. De igual forma tengo un secreto que contarte, te llevo siempre conmigo en mi mano izquierda.

Mi anillo en el dedo índice marca tu presencia en mí, marca que es imposible olvidarme tu grandeza, tu locura que un poco se parece a la mía.

Entre tantos para elegir, elegí el que siempre me recuerda que tengo que verte una vez más. Al principio pensé que fue una elección inocente, pero cada vez que te pienso, cada vez que recuerdo tu roce frío en mis pies, tu rudeza en la orilla, tu presencia imborrable de mi mente, se que nada fue adrede.

A pesar de que no nos vemos hace unos años se que mi alma siempre va a estar unida a tu ambivalente existencia.

Soy el cielo y vos el mar. Dos fuerzas, dos cuerpos y realidades opuestas que extrañamente se unen en el horizonte, en un punto perfecto.

Un punto que por siempre va a ser nuestro.

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